Asia  | 13/08/2014

SIGIRIYA, Morada de Reyes

No es de extrañar que el hermoso peñasco que se eleva orgulloso sobre la extensa llanura de Sigiriya, en el centro de Sri Lanka, llamara la atención del joven príncipe Kassapa, cuando, tras matar a su padre y temiendo el ataque de su hermano, legítimo heredero al trono, buscó un lugar inexpugnable para instalar su nuevo palacio. 

Las paredes de la roca tienen una caída en vertical superior a los doscientos metros, sin ningún acceso natural, así que construir un palacio en su cima con los medios de que se disponía en el siglo V fue probablemente, una obra titánica. Vale la pena dedicar tiempo a explorar los jardines y los restos de construcciones históricas que rodean la roca. 

La subida impone, pero merece la pena si se quieren contemplar las exquisitas pinturas murales que aún se preservan en la pared. A unos cien metros del suelo, en una hendidura natural a la que se accede por una interminable escalera de caracol, hay una serie de excelentes frescos de la época, seguramente inspirados en los de las cuevas de Ajanta, pero con colores más vivos y motivos más paganos. De hecho, todas las figuras que se conservan son torsos femeninos desnudos. 

Desde la galería de los frescos, se sube cómodamente una escalera transversal, y defendida por un muro, que lleva a la amplia terraza que sobresale a media altura en la cara norte. Ahí se puede contemplar las enormes garras del león que abrazan la escalera de acceso a la cima en los tiempos de Kassapa. En su día debió de ser una notabilísima estructura de ladrillo, recubierta de estuco, muy fácil de defender en caso de ataque. Hoy día está casi totalmente derruida, pero aún se distinguen nítidamente las garras y el arranque de la escalinata. Lo demás es pared vertical, así que para superarla hay que trepar por una improvisada escalera volada de metal que zigzaguea hasta la cumbre. 

En lo alto, la irregularidad del terreno fue salvada con numerosas terrazas que albergaban jardines, estancias y varias piscinas excavadas en la roca. Todo está en ruinas, pero los cimientos dejan ver perfectamente la situación de cada cosa. En lo más alto, un rectángulo de tierra marca con claridad la situación del palacio real, disfrutando de una visión magnífica de la llanura que se extiende inacabable alrededor. Era imposible entonces vivir más cerca del cielo.

     
     

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