Asia  | 01/11/2015

Barrio de Barkhor en LHASA

Durante siglos, Lhasa estuvo prohibido a los viajeros occidentales y, sin embargo, hoy sus gentes luchan por mantener su identidad ante la gran transformación que está sufriendo, debido al desembarco de grandes inversores chinos.

Afortunadamente, el viejo barrio de Barkhor, situado en el corazón de la ciudad, es todavía una isla tibetana en medio de un océano chino. El lugar donde aún es posible sentir la magia y la atmósfera de lo que, en su día, fue Lhasa, la ciudad prohibida e inexpugnable, antaño un sueño inalcanzable para los occidentales.

En las puertas de las casas de té, la gente se agolpa para ver la última producción cinematográfica india, mientras los nómadas Kampas se apresuran en acabar su partida de billar antes de regresar de nuevo a los campos helados de la meseta tibetana. Y en los talleres, niños de diferentes edades graban en las piedras el Om Mani Padme Hum (alabemos a la joya del loto).

Paseando por sus calles nos mezclamos con vendedores y artesanos, nómadas guerreros y personajes de leyenda, peregrinos llegados desde todos los rincones del país para realizar su camino más importante; una vía circular alrededor del Jokhang, el santuario más venerado del Tibet. Y al fondo, dominando la ciudad, el fabuloso Potala, el más grande ejemplo del arte y de la arquitectura tibetana.

     
     

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